La ciudad que se hunde

POR CDMX ISOMÉTRICO · PUBLICADO EL 13 DE SEPTIEMBRE DE 2026 · ACTUALIZADO EL 22 DE SEPTIEMBRE DE 2026

La Ciudad de México baja de nivel cada año. No es una metáfora ni un riesgo futuro: es una medición. Y una vez que sabes qué buscar, el hundimiento se ve a simple vista en las calles, en las banquetas y en la forma en que se paran los edificios.

El Ángel de la Independencia sobre Reforma, uno de los mejores testigos del hundimiento.
El Ángel de la Independencia sobre Reforma, uno de los mejores testigos del hundimiento.

Una ciudad construida sobre lodo

El valle de México fue el fondo de un sistema de lagos. Cuando el agua se retiró —a fuerza de siglos de obras de desagüe— dejó un suelo que no es tierra firme sino arcilla lacustre: un material blando, saturado de agua, que puede tener decenas de metros de espesor antes de llegar a roca.

Esa arcilla se comporta como una esponja. Mientras conserva su agua, mantiene el volumen. Cuando se le extrae, se comprime. Y a la ciudad se le extrae agua todos los días, porque buena parte de la que se bebe sale de pozos perforados debajo de ella misma.

De ahí el fenómeno que los ingenieros llaman subsidencia y que todos los demás llamamos simplemente que la ciudad se hunde. En las zonas del antiguo lago —el oriente, sobre todo— se han medido hundimientos de decenas de centímetros al año. No de forma pareja: unas colonias bajan más rápido que otras, y a veces una manzana baja más rápido que su vecina.

Ese "no parejo" es la parte importante. Un hundimiento uniforme sería casi inofensivo: la ciudad entera bajaría junta y nadie lo notaría. El daño lo hace el hundimiento diferencial, cuando un lado de un edificio baja más que el otro.

Cómo se ve en la calle

Hay cuatro señales que, una vez que las reconoces, ves por todas partes:

Tres casos que puedes buscar en el mapa

El Ángel de la Independencia. Cuando se inauguró en 1910, se subía a su base por nueve escalones. Hoy hay muchos más: han tenido que añadirlos porque el terreno alrededor del monumento bajó y la columna, cimentada a profundidad, se quedó donde estaba. Esa escalinata es, literalmente, un registro del hundimiento del Paseo de la Reforma.

El Palacio de Bellas Artes. Empezó a construirse en 1904 y se terminó en 1934, y en ese tiempo ya se estaba hundiendo. Su planta baja quedó por debajo del nivel de la calle, y la explanada que lo rodea tuvo que rehacerse. Es de los edificios más pesados del Centro sobre uno de los suelos más blandos.

La Catedral Metropolitana. El caso más estudiado. Está construida sobre los restos del recinto ceremonial mexica, y el subsuelo debajo de ella no es homogéneo: unas zonas tienen relleno arqueológico y otras no, así que se hundió de forma despareja durante siglos. En los años noventa se hizo una obra enorme de subexcavación para corregirla: quitaron material del lado que se hundía menos, para que alcanzara al otro.

1910 el Ángel se inauguró con nueve escalones · hoy tiene muchos más

Por qué el poniente no se hunde

Aquí el mapa ayuda a entenderlo. Si recorres la ciudad de poniente a oriente, el terreno cambia de naturaleza dos veces.

El poniente —Santa Fe, Cuajimalpa, las lomas, San Ángel— está sobre lomeríos y roca volcánica. Ahí no hay arcilla lacustre que comprimir, y por eso las calles serpentean: se acomodan a un relieve que existe. Esa zona prácticamente no se hunde.

El centro está en la transición, sobre lo que fue orilla del lago.

El oriente —Iztapalapa, Iztacalco, y cruzando el límite, Nezahualcóyotl— está sobre el fondo del lago de Texcoco. Terreno perfectamente plano, retícula perfecta, arcilla profunda. Es donde más rápido baja la ciudad y donde más se ven las casas partidas.

Esa es la ironía del asunto: la parte de la ciudad más barata de urbanizar, porque era plana y no había que mover un solo cerro, resultó ser la más cara de mantener.

Cuánto se ha hundido, en números

Las cifras varían según la colonia y el método de medición, pero el orden de magnitud está bien establecido. A lo largo del siglo XX, algunos puntos del Centro Histórico bajaron más de diez metros respecto a donde estaban en 1900. Hoy, con mediciones de satélite que comparan la altura del terreno mes con mes, las zonas más rápidas del oriente registran hundimientos de varias decenas de centímetros al año, mientras que el poniente se mueve apenas o nada.

Para ponerlo en escala: a ese ritmo, una casa del oriente puede perder la altura de un escalón en menos de un año, y la de una planta baja completa en una década. No es raro encontrar ahí viviendas que han rellenado su patio dos o tres veces para que no se les meta el agua de la calle cuando llueve.

> 10 m lo que bajaron algunos puntos del Centro durante el siglo XX

El Metro, la regla más larga de la ciudad

Una línea de Metro es una obra que necesita pendientes muy precisas, y por eso se vuelve un instrumento de medición involuntario. Donde el suelo baja de forma despareja, los túneles y los viaductos se deforman con él, y hay que renivelar vías, reforzar apoyos y corregir juntas. Los tramos que corren sobre el antiguo lago son los que más mantenimiento de este tipo requieren.

Lo mismo pasa con el drenaje, y ahí el efecto es todavía más serio. Un sistema de desagüe funciona por gravedad: el agua baja sola si el tubo tiene pendiente. Cuando el terreno se hunde más en un punto que en otro, los tubos pierden su inclinación, e incluso la invierten. Parte del drenaje profundo de la ciudad existe precisamente porque el que se construyó antes dejó de funcionar por gravedad y hubo que bombear.

Qué se puede hacer

No hay forma de devolverle al subsuelo el volumen que ya perdió: la arcilla comprimida no se infla de nuevo. Lo que sí se puede es frenar el ritmo, y las medidas conocidas son tres. La primera es sacar menos agua de los pozos, lo que exige traer más de fuera o desperdiciar menos. La segunda es reparar fugas: se estima que una parte muy grande del agua que entra a la red se pierde antes de llegar a una llave. La tercera es devolverle agua al acuífero, captando la lluvia e infiltrándola en lugar de mandarla al drenaje.

Las tres avanzan despacio, porque cada una choca con un límite distinto: el dinero, la extensión de una red enorme y vieja, o el hecho de que casi toda la superficie de la ciudad está pavimentada y la lluvia ya no tiene por dónde entrar al suelo.

Y el agua sigue saliendo de abajo

El círculo es difícil de romper. La ciudad necesita agua; una parte importante la saca de sus propios pozos; sacarla hunde el terreno; el terreno al hundirse rompe las tuberías; las tuberías rotas pierden agua; y esa pérdida obliga a extraer más.

Traer agua de fuera —el sistema Cutzamala, que la sube desde cuencas vecinas— alivia pero no resuelve, porque bombear agua a más de dos mil metros de altura cuesta una cantidad enorme de energía.

Nada de esto se ve en un mapa isométrico, que dibuja la ciudad como si estuviera quieta. Pero vale la pena saber que no lo está: cada uno de los edificios que ves dibujados aquí está, mientras lo miras, unos milímetros más abajo que cuando se horneó.

Bellas Artes y la Alameda, sobre uno de los suelos más blandos del Centro.
Bellas Artes y la Alameda, sobre uno de los suelos más blandos del Centro.
Ver el Ángel en el mapa

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