Los cerros que rodean la ciudad

POR CDMX ISOMÉTRICO · PUBLICADO EL 13 DE SEPTIEMBRE DE 2026 · ACTUALIZADO EL 22 DE SEPTIEMBRE DE 2026

La Ciudad de México está metida en un hoyo. Es fácil olvidarlo cuando se anda por Reforma, pero el valle está cercado por montañas en casi todo su perímetro, y esa cerca explica desde la forma de la mancha urbana hasta por qué el aire se queda atrapado.

El sur de la ciudad: el trazo cambia al llegar al Pedregal.
El sur de la ciudad: el trazo cambia al llegar al Pedregal.

Una cuenca cerrada

El valle de México no es un valle en sentido estricto: es una cuenca endorreica, un recipiente. Está a unos 2,240 metros sobre el nivel del mar y rodeado de sierras por el sur, el poniente y el oriente. La única abertura amplia queda al norte, y por ahí se ha ido extendiendo la mancha urbana hacia el Estado de México.

Eso se ve clarísimo alejando el mapa: la ciudad no crece como una mancha redonda. Crece como un líquido dentro de un molde, deteniéndose de golpe donde empieza la pendiente y desbordándose por donde puede.

El sur: el Ajusco y la lava

La sierra del Ajusco-Chichinautzin cierra el valle por el sur, y ahí está el punto más alto de la Ciudad de México, el Cruz del Marqués, cerca de los 3,900 metros. Es una sierra volcánica joven y activa en tiempos geológicos recientes.

De ahí salió el episodio que más marcó el paisaje del sur. Hace unos mil setecientos años el volcán Xitle hizo erupción y su lava cubrió una extensión enorme de terreno, sepultando la ciudad de Cuicuilco, que era entonces uno de los asentamientos más importantes del valle. Al enfriarse dejó el Pedregal de San Ángel: un manto de roca volcánica rugosa, imposible de arar y difícil de construir.

Durante siglos ese pedregal fue tierra de nadie. En el siglo XX se urbanizó, y con resultados espectaculares: Ciudad Universitaria, inaugurada en 1954, se construyó aprovechando la roca en vez de arrasarla, y por eso sus edificios se paran sobre lava a la vista. En el mapa esa zona se distingue porque las calles dejan de ser rectas: se acomodan a un terreno que no se dejó cuadricular.

El oriente: la Sierra de Santa Catarina

En medio de la planicie del oriente se levanta, sin previo aviso, una fila de conos volcánicos: la Sierra de Santa Catarina. Xaltepec, Guadalupe, Yuhualixqui, Tetecón. Son volcanes pequeños y jóvenes, rodeados hoy por completo de ciudad.

Es de los contrastes más fuertes del valle: kilómetros de retícula plana e idéntica, y de pronto unos cerros con las laderas urbanizadas hasta donde la pendiente lo permitió.

El norte: la Sierra de Guadalupe

Al norte, la Sierra de Guadalupe separa la Ciudad de México de los municipios mexiquenses. En su falda sur está el Tepeyac, y con él la Basílica de Guadalupe, el santuario más visitado del país.

La urbanización de esta sierra cuenta una historia distinta a la del sur: aquí las laderas se poblaron por necesidad, con asentamientos que subieron el cerro conforme llegaba gente. Por eso las calles de Cuautepec trepan en zigzag.

Los volcanes que no están en el valle

Y luego están los dos que no pertenecen a la cuenca pero definen su horizonte: el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, al sureste, ambos por encima de los 5,000 metros. No están dentro del valle —los separa la sierra Nevada— pero en un día despejado dominan la vista desde cualquier azotea alta.

2,240 m altitud aproximada del centro de la ciudad, dentro de una cuenca cerrada

El Cerro de la Estrella y el Fuego Nuevo

En medio de Iztapalapa, rodeado de ciudad por todos lados, está el Cerro de la Estrella. Es pequeño comparado con las sierras, pero tuvo un papel enorme: en su cima los mexicas celebraban la ceremonia del Fuego Nuevo, que marcaba el cierre de un ciclo de 52 años de su calendario.

Al terminar cada ciclo se apagaban todos los fuegos del valle y se esperaba, en la cima del cerro, a que las estrellas siguieran su curso. Si lo hacían, se encendía un fuego nuevo y de ahí se llevaba a todos los templos y casas. La última ceremonia antes de la conquista se hizo en 1507. En la cima quedan restos del templo, y al pie del cerro hay un museo de sitio.

Hoy el cerro es conocido por otra razón: sus faldas son el escenario de la representación de la Pasión que se hace en Iztapalapa cada Semana Santa desde el siglo XIX, una de las celebraciones populares más grandes del país.

Los peñones: islas que ya no lo son

Cuando el valle estaba inundado, algunos cerros bajos sobresalían del agua como islas. El más conocido es el Peñón de los Baños, junto al actual aeropuerto, que tenía manantiales de aguas termales. Otro es el Peñón del Marqués, más al oriente. Chapultepec y el Tepeyac, aunque unidos a tierra firme, también eran puntos altos a la orilla del lago.

Esos cerros ayudan a leer el mapa: cada vez que la retícula plana del oriente se interrumpe por un bulto con calles curvas, es muy probable que ahí haya habido una isla o una orilla. La ciudad llenó el agua que los rodeaba, pero no pudo aplanarlos.

Por qué esto importa para respirar

Estar dentro de un recipiente tiene una consecuencia directa sobre el aire. Las montañas frenan el viento, y en las mañanas frías una capa de aire tibio puede quedar encima de una capa fría, tapando la cuenca como una olla. Los contaminantes que se emiten abajo no tienen a dónde ir.

A eso se suma la altitud: a 2,240 metros hay bastante menos oxígeno que al nivel del mar, y la combustión es menos eficiente. Es la razón de fondo por la que esta ciudad tuvo que inventar programas de calidad del aire antes que casi cualquier otra.

El Cerro de la Estrella, en medio de la retícula plana de Iztapalapa.
El Cerro de la Estrella, en medio de la retícula plana de Iztapalapa.

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