Por qué la Ciudad de México es tan baja
POR CDMX ISOMÉTRICO · PUBLICADO EL 13 DE SEPTIEMBRE DE 2026 · ACTUALIZADO EL 22 DE SEPTIEMBRE DE 2026
Vista desde arriba, esta ciudad sorprende por lo plana que es. Veinte millones de personas viviendo casi todas en dos o tres pisos, con cuatro puñados de torres que se levantan de golpe y nada en medio. No es casualidad ni falta de dinero: es geología, historia y reglamento.

Primero: el suelo no aguanta
Un edificio alto necesita algo firme donde pararse. En buena parte de esta ciudad, lo firme está a decenas de metros de profundidad, debajo de una capa de arcilla lacustre blanda y saturada de agua.
Se puede construir alto ahí, pero sale caro: hay que llevar los cimientos hasta la capa resistente con pilotes, o diseñar cimentaciones que floten sobre la arcilla compensando el peso del edificio con el peso del suelo que se excavó. Es ingeniería sofisticada y costosa, y solo se justifica cuando el terreno vale mucho.
Por eso las torres no están repartidas: están donde el suelo es mejor o donde el metro cuadrado paga la cimentación. Reforma, Polanco, Insurgentes, Santa Fe.
Segundo: los sismos
La arcilla del antiguo lago no solo es blanda: amplifica el movimiento sísmico. Una onda que llega moderada a la roca del poniente puede llegar mucho más fuerte al centro de la ciudad, y además con un periodo largo — lento y ondulante.
Y ahí está el problema fino: cada edificio tiene su propio periodo natural de oscilación, que depende sobre todo de su altura. Cuando el periodo del suelo coincide con el del edificio, entran en resonancia y el movimiento se amplifica todavía más.
Eso explica un patrón que se notó en 1985: los edificios que más sufrieron no fueron ni los más bajos ni los más altos, sino los de altura intermedia —del orden de seis a quince pisos— porque su periodo coincidía con el del suelo blando. Las casas bajas y las torres muy altas, con periodos distintos, se llevaron menos.
Tercero: el reglamento
Después de 1985 el reglamento de construcciones se revisó a fondo. Se endurecieron los requisitos estructurales, se zonificó la ciudad según el tipo de suelo —lomas, transición y lago— y se exigió diseño más estricto en las zonas blandas.
El efecto sobre el paisaje fue doble. Construir alto se volvió más caro, y en muchas colonias los usos de suelo limitaron la altura para preservar el carácter del barrio. La Roma y la Condesa son el ejemplo: valen carísimo, están en el centro de todo, y siguen siendo de tres y cuatro niveles.
Las excepciones, y por qué son excepciones
La Torre Latinoamericana es el punto de partida. Terminada en 1956, con 182 metros, fue durante años el edificio más alto del país y el primer rascacielos importante levantado sobre suelo altamente sísmico. Su cimentación de pilotes y su estructura de acero fueron una apuesta de ingeniería que se puso a prueba en el sismo de 1957 y otra vez en el de 1985. Las dos veces salió bien.
Torre Mayor, en Reforma, terminada en 2003, llevó la idea más lejos con un sistema de amortiguadores que disipa la energía del sismo. Después vinieron Torre Reforma, la Torre BBVA y Chapultepec Uno, y el corredor de Reforma se convirtió en la única silueta vertical continua de la ciudad.
Santa Fe es otro caso, y por una razón distinta: está sobre roca, en el poniente, no sobre lago. Ahí construir alto siempre fue más fácil. Que se haya desarrollado tarde tiene que ver con que era una mina de arena y un tiradero, no con el subsuelo.
2017: otra vez el 19 de septiembre
El 19 de septiembre de 2017, exactamente 32 años después del sismo de 1985, un terremoto de magnitud 7.1 con epicentro entre Puebla y Morelos volvió a sacudir la ciudad. Esta vez el foco estaba mucho más cerca y las ondas llegaron con otro periodo, así que el patrón de daños fue distinto: se derrumbaron decenas de edificios, muchos de ellos en la Roma, la Condesa, la Del Valle y otras colonias de la zona de transición entre el lago y las lomas.
Muchos de los edificios que cayeron tenían algo en común: eran de altura media, se habían construido antes de las normas posteriores a 1985 o se les habían agregado pisos sin permiso. El sismo confirmó la lección de 1985 y le sumó otra: el reglamento solo protege a los edificios que lo cumplen.
La alerta sísmica
Después de 1985 la ciudad también instaló un sistema de alerta sísmica, que empezó a operar en los años noventa. Funciona gracias a la distancia: la mayoría de los sismos fuertes se originan en la costa del Pacífico, a cientos de kilómetros, y los sensores cercanos al epicentro mandan una señal que viaja mucho más rápido que las ondas sísmicas. Eso da, según la distancia, desde unos pocos segundos hasta cerca de un minuto de aviso.
Esos segundos no salvan edificios, pero sí personas: alcanzan para salir de una planta baja o alejarse de ventanas. Y la sirena, que se oye en altavoces por toda la ciudad, se volvió parte del paisaje sonoro de la Ciudad de México.
Lo que se ve en el mapa
Este mapa dibuja cada edificio con su altura real cuando OpenStreetMap la tiene registrada. Aléjate y mira el relieve: es una alfombra de azoteas bajas con cuatro o cinco crestas.
Después acércate a Reforma y verás el contraste completo — torres de más de doscientos metros con casas de dos pisos pegadas a su base, sin transición. En casi cualquier otra ciudad grande hay un degradado de alturas del centro hacia la periferia. Aquí no: hay torres y hay ciudad baja, y casi nada entre las dos.
Esa discontinuidad es, quizá, la firma visual más característica de la Ciudad de México vista desde arriba, y la razón por la que un mapa isométrico la retrata bien: en cuanto puedes ver la altura, la historia del subsuelo se vuelve evidente.

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